
Si tuviese una varita mágica, cambiaría muchas de las cosas que salpican el mundo en que nos toca vivir. Si me dejase guiar por lo que veo, leo y oigo hoy en los medios, mi prioridad del día sería que nunca se repitiesen escenas gratuitas de dolor para lograr autobombo.
Me produce una mezcla de sensaciones muy poco agradables recordar lo que deparó el funeral de Michael Jackson ayer. La gran Liz Taylor dirá que sus palabras serían poco coherentes, pero su frase-anuncio de que aquello sería un circo encierra más coherencia que una lección magistral.
La escena principal, en mi modesta opinión, es la de la hija del cantante, que ayer se decidió a intervenir ante un multitudinario aforo. Bueno, permítanme un poco de maldad: ¿se decidió o la lanzaron a la piscina?
Porque yo no aprendí nada nuevo viendo a una chica rota de dolor y que, cuando rompió a llorar, fue abrazada al unísono por su familia. Un abrazo ensayadísimo, en el que todos los brazos y caras coincidían. Faltaba el fotógrafo guiando sus movimientos.
Ah, y la risa de Janet Jackson. Hablar de algo dantesco es quedarse corto. Como emisión televisiva, memorable; como evento familiar o público, lamentable. La enésima exhibición pública del que debe ser dolor privado e íntimo para figurar en toda portada imaginable.
Hablando de tele, Cuatro se marcó ayer un tanto. Puso a Mónica Sanz, su chica de informativos al mediodía, al frente de un especial que bordó. Dos invitados a priori edulcorados, Sergio Alcover y Tony Aguilar, eran doctores honoris causa frente a lo que había en la competencia.
Sabían de lo que hablaban, pese a que fuesen algo previsibles en sus comentarios. Pero, claro, viendo el especial de TVE, en el que la presentadora no pasó de un "no creo que haya nadie que entienda más que vosotros" frente a Álex de la Nuez, el nivel era muy bajo en la pública...



